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Bariloche - Año I - Nº 4 Julio del 2000 |
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MUERE MÁS TARDE
(INÉDITA)
PRIMERA PARTE
EN LA CORDILLERA
El joven extranjero de ojos azules pelo negro se ha ido para siempre.
MARGUERITE DURAS
CAPÍTULO I
LA INVITACIÓN DE STEIN
Mi trabajo se había atascado.
Me sentía impotente para continuarlo y sobre todo mortalmente aburrida. El tedio me comía y yo auspiciaba su banquete.
Por otra parte, ya conocía el mecanismo: no era el primer bloqueo que sufría en la escritura. Para salir tenía que barajar y dar de nuevo.
Tal vez por eso acepté la propuesta.
-Tengo cosas que contarle, ¿por qué no se viene? -dijo Stein por teléfono. Él sabía por el viejo Macleod que yo estaba escribiendo, o empezando, una novela. Ni siquiera para mí era claro si ya la escribía o recién la iniciaba.
Nos encontramos en Bariloche unos días más tarde.
A mí me interesaba Onetti y él con Macleod eran mis únicos contactos.
Fuera de eso, también quería ubicar a Vargas.
Cuando lo vi en el aeropuerto su figura reflotó la mezcla de asco y curiosidad que me había provocado al conocerlo.
Con un beso prolongado retuvo mi cara contra su mejilla. Estaba sensiblemente viejo y olía a whisky.
Luego de un apretón cómplice en la cintura, se demoró todavía unos segundos, y por último, la crispación de su garra aflojó. No era que me llevara a la náusea pero su proximidad fomentaba un estado cercano a la repugnancia.
Al advertirlo solo, pregunté:
-Y Vargas, ¿no iba a venir con usted?
Sonrió misterioso. -Mi querida amiga -dijo- se acabaron los espacios intermedios.
-No le entiendo, ¿qué quiere decir? Usted por teléfono dijo que él iba a estar aquí.
-Ah, yo dije, yo dije. El alcohol estimula mi incontinencia verbal y ese día había tomado unas copas de más. Venga, vamos a comer y le explico.
Acepté mientras pensaba que mi habilidad para dar con tipos pringosos era extraordinaria.
Empezó contando que en El Manso no había quedado nadie después de la muerte de Brausen.
Onetti estaba atrincherado en Madrid. Encerrado en su cuarto con libros, cigarrillos y alcohol. No recibe a nadie, secreteó, ni a Carmen, su agente. Sólo atiende llamados telefónicos que filtra la mujer. A mí no me quiso hablar. Dolly me aclaró: -Stein, para Onetti se terminó. Lo de Brausen lo afectó mucho. No vale la pena que vuelva a llamar. Por el bien de todos, olvide. Olvide, Stein.
-¿Y con Vargas, qué? -insistí.
-¿Por qué tanto interés en ese tipo? -preguntó, molesto. Y bajando la voz se acercó por encima de la mesa: -¿Lo quiere seducir? Mire que no es un hombre de los que usted acostumbra tratar...
-No diga pavadas ¿quiere? Me interesa como personaje, ya le dije. Lo necesito para mi historia.
-Está bien, no se enoje, pero permítame la duda. Ni usted ni yo somos espíritus sencillos. La verdad, creo que Vargas tampoco.
-Pero ¿dónde está?
-No sé, más al sur según me dijeron. Se fue a trabajar a una chacra.
-¿A una chacra? ¿Él, un hombre de a caballo? Macleod me habló tanto cuando nos vimos que es como si lo conociera.
-Ah, sí, Macleod. El viejo lo aprecia -y se quedó pensativo.
-Usted dijo que tenía cosas para contarme -le recordé.
-Sí, es cierto, pero hoy no, mejor lo dejamos para mañana. ¿Tiene hotel o la ayudo a buscar uno? –No entendía su juego pero estaba ahí para jugarlo. En alguna mano las cartas iban a venir para mí.
-No se preocupe, ya reservé. Pero, espere, no se vaya. ¿En qué lugar del sur está?
-No lo sé. ¿Quiere que le diga una cosa? Insisto, tengo la impresión de que usted se está enganchando con ese hombre sin conocerlo. Por otra parte, le advierto, usted tampoco parece del tipo de mujer en la que se fijaría Vargas. En serio, piénselo ¿qué supone que va a descubrir cuando lo encuentre?
Me levanté. Había llegado al punto en el que la curiosidad es superada por el asco: -Eso es cosa mía. ¿En qué lugar está? –contesté, mal.
En sus ojos asomó una pequeña sombra de renuncia o quizá de resentimiento: -No lo sé, si quiere vamos al Villegas o a El Manso y averiguamos.
-No -lo corté. Quería irme. Tomándome de la mano me obligó a volver a la silla:
-Mire -dijo- aquí hay un amigo de él. Es posible que sepa algo más concreto. Le doy la dirección -y anotó en una servilleta. -Se llama Jaime. Es artesano. Se gana la vida fabricando relojes de madera. Véalo a él.
-¿Onetti lo conoce?
-No, no viene de ese lado. Es amigo de Vargas, nomás.
La conversación me había puesto de malhumor. Al llegar a Bariloche traía un paquete de expectativas: vivir una aventurilla como mínimo. Por el momento sólo tenía fastidio y la vaga intuición de estar metiéndome en un lío.
Descansé un rato, me duché y volví a salir. Un taxi me llevó a las afueras de la ciudad.
Mientras iba al taller de Jaime pensé que estaba haciendo cosas que no tenían explicación. Viajar desde Buenos Aires, verlo a Stein, buscar a Vargas, simular que no lo conocía ¿para qué?
¿Era la novela empantanada o era el hastío o, lo que es peor, era que después del Alemán nada importaba? ¡Bingo! Respuesta correcta, se divertía El Alter.
Yo me defendía: ¿Quién actúa teniendo conciencia del por qué de sus actos? ¿Quién puede asegurar que conoce en profundidad la causa de esos actos, generadores ellos mismos de otros y otros que conforman una cadena infinita desprovista de sentido y regida por lo fortuito?
Si la vida misma carece de toda lógica, ¿para qué acorralarse con preguntas?
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