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Capítulos 1 a 5 de la novela (inédita)
"El canto de los Bulbules" ®
1
Julia Prat abrió su notebook, dispuesta a tomar nota de cuanto fuera que esa tarde inquietara a la enferma. Para eso la había contratado su hijo, Juan Carlos Pérez Espinosa. La llamó por teléfono mencionando al amigo de un amigo en común. Le dijo: mi madre siempre quiso ser escritora. Le queda poco tiempo y creo que lo sabe. El tumor, principalmente, le afectó la visión; está ciega, se aburre; cada vez que voy a verla me pide que le lea, que le hable, que la escuche. Me dice: tengo tantas cosas que contar. Lo que yo no tengo es tiempo, así que le hice una propuesta: escribilas, le dije, yo te consigo una persona para que le dictes, y bueno, por eso la estoy llamando señorita...
Prat, dijo ella, Julia Prat.
¿Con doble “t”?
No, no, con una sola.Julia Prat trabajaba en un colegio. Por la mañana enseñaba Lengua en la sección Primaria y por la tarde Inglés, en Secundaria. Terminaba con la garganta destruída, pero al menos su trabajo la compensaba en un sentido: cada tanto sus alumnos lograban sorprenderla. Sí, sí, sorprenderla y eso no tenía precio. Bueno, sí, tenía precio y era que ahora para sumar algunos pesos y reforzar su economía, todas las tardes partía con la noteboock y se instalaba en una silla junto a la cama de la enferma.
Embotada, con un aliento rancio, Mercedes Espinosa comenzaba a dictarle lo que el sueño o el delirio le habían dictado a ella.
Había sido una mujer hermosa; las fotos podían corroborarlo: delgada, pero no tanto, pelo cobrizo, brillante y lacio, dientes parejos y muy blancos. Mimada por su marido, viuda a los sesenta años, vivía sola añorando el pasado. Atacada por el cáncer a los setenta y cinco, llevaba dos, batallando en las sombras. La quimioterapia la había dejado calva sin matar el tumor que crecía sin pausa, provocándole pérdidas graves y progresivas. De todas, la vista, era sin duda, la peor. Su único hijo, abogado prestigioso con ambiciones políticas, carecía de resistencia frente a este desgaste procaz y paulatino. No podía siquiera mirar las fotografías que su madre tenía en la mesa de luz, sin sentir cierta falta de aire en los pulmones. En una de ellas, la primera que observó Julia Prat cuando entró al dormitorio sumido en penumbras y encendió el velador, Mercedes Espinosa se veía sentada frente a una ventana con un gato en la falda. Parecía verano; una blusa de seda con el cuello bordado le resaltaba el busto. Su pelo flotaba como si algo de viento se colara en la foto tomada a contraluz; ambas siluetas posaban en calma, recortando sus bordes contra la luminosidad exterior.Sí, señor. Mercedes Espinosa había sido memorablemente hermosa y era imposible suponer lo contrario porque todavía lo era. A pesar de los estragos de la enfermedad que avanzaba, sus rasgos denotaban esa belleza que persiste aún en la decrepitud. Sus ojos, claro está, se habían velado para siempre usurpando las cuencas sin llenar su vacío, y aquel castaño claro, oscuro en los días de tormenta, se había vuelto indefinido y sucio. Las cejas, ahora ralas y canosas, anticipaban la pregunta habitual, arqueándose hacia arriba:
-¿Le parece que lloverá mañana?
Julia Prat se acercaba a la ventana, corría la cortina y se asomaba. Era necesario que la anciana escuchara sus pasos, el ruido de las argollas de madera deslizándose en el barral, para que su pregunta adquiriera el peso de una respuesta verdadera.
-No, no creo. Hay luna llena con cielo despejado ¿Le dejo abierta la cortina?
La enferma sonreía:
-Sí, me gusta la luna llena.
2
Julia Prat escribía poesía desde que tenía trece años. Una docena de cuadernos de tapas duras, desgastados por el tiempo y los roces, atestiguaban su vocación. Forrados en papel araña azul, permanecían guardados en el estante superior del placard de su habitación y sólo en días de tormenta se aventuraba a desempolvarlos:
Llueve/ mi corazón está hecho agua/ Veo pájaros pasar/ y para donde van me llevan...
Su letra variaba de cuaderno en cuaderno. De los diez a los doce, era chata, alargada; a los trece empezó a constreñirse y estirarse hacia arriba, y después ya no fue manuscrita sino imprenta minúscula.
Escribía en secreto, para ella, a escondidas. Cortaba el silencio en pedazos minúsculos y con ellos serruchaba palabras.
Escribía para disimular las heridas, callaba para ordenar las ejecuciones. Escribía porque nada bastaba, nada importaba más que la piedra lanzada al vacío, sin dirección aparente.A veces intentaba escribir otra cosa que no fuese poesía. Pensaba qué idea podía tejer y se quedaba sentada mirando por la ventana, pegada a los gorriones, los perros, los rosales. Escribía y los gorriones se deslizaban por el aire; escribía y los perros tironeaban de sus correas; escribía y podaba esos rosales.
Escribía, y leía lo que había escrito.
Otras veces se le venían muchas palabras de golpe y debía tomarlas una por una. Ya había juntado casi todas las necesarias y de pronto no sabía qué seguir escribiendo. Intentaba un relato, una historia infantil, pero la palabra “había” no la dejaba avanzar. Trataba y trataba pero no lo lograba. Pensaba si pasaría lo mismo con “una”, y rápido ponía “vez”. Y ahí sí.
Cuando empezaba le iba muy bien pero a la hora de irse a dormir las palabras la desvelaban, demorando el fin de sus cuentos. Hasta que la voz de su abuela le decía al oído: Ahora, a dormir que yo te termino la historia y mañana hablamos. Al otro día: Mirá Julia, las palabras no quieren que terminemos historias que vayan a parar a otras manos.Y entonces seguía escribiendo poemas, sólo para ella misma.
La lluvia la serenaba. Le gustaba observar la súbita iluminación que los relámpagos imponían a todos los rincones, dejándolos expuestos, como separados del resto de la habitación. Sin pestañear esperaba el blanco resplandor y el trueno que llegaba haciendo estremecer los vidrios. No comprendía por qué existiendo un orden previsible en el funcionamiento de las cosas, a ella tendían a complicárseles: más quería una cosa, más difícil le resultaba obtenerla, como si el azar se ensañara con ella y su deseo fuera algo así como una sombra, una sombra peleada con su dueño, una sombra que un día se escapó de su sitio y se fue hacia un lugar donde no pudieran encontrarla. Ella la llamaba, la buscaba en todos lados, pero nada. Mientras tanto, la sombra se divertía siendo libre.
Femenina, oscuridad, falta de luz: sombra, según el diccionario.
Entonces se preguntaba: ¿Acaso no sería al revés: ella, la sombra, y el deseo, su dueño?
3
Alguien había dejado la puerta del cuarto entornada. Julia Prat miró por la abertura y le pareció que la anciana dormía con la calva ladeada sobre el almohadón de plumas. Un fino hilo de saliva mojaba la funda de hilo blanco. Abrió del todo y encendió la luz. Tal como le sucediera desde el primer día que entró a la habitación, pudo ver su propia cara fluyendo del espejo colgado encima de la cómoda. Se acercó al mueble, apoyó la noteboock y avanzó en dirección a la cama. Los ojos de Filo, el gato de pelo color naranja, se clavaron en ella desde su confortable posición encima de la colcha; a continuación se estiró, ronroneó y en silencio abandonó la habitación.
-Le traje un té -dijo ella en voz alta, dejando la taza humeante sobre la mesa de luz.
La enferma no se movió. Huesuda, casi transparente, una de sus manos apenas se crispó sobre la sábana como dando una señal; una mano descendiendo de largas horas ininterrumpidas de sueño como diciendo aquí estoy, tenga paciencia.
Julia Prat se acercó nuevamente a la cómoda donde la noteboock permanecía cerrada. Ambas, la máquina y la anciana, parecían obstinarse en dejarla al margen. Se miró en el espejo; su cara se veía torcida, un lado más próximo, el otro como retirándose para volver a aproximarse hasta completar la mitad que continuaba inmóvil.-¿Todavía sigue lloviendo?
La voz enronquecida rasgó el silencio como la gota de una canilla mal cerrada.
-Hasta hace un rato. Ahora creo que paró.
-Entonces puede abrir la ventana -dijo Mercedes Espinosa-. Necesito respirar aire fresco.
La enferma empeoraba día a día. Ahora tenía dificultades para tragar y en muy corto tiempo perdería la voz. Habían tenido que contratar una enfermera que llegaba a las siete. Julia Prat oía la puerta de entrada, calculaba los pasos subiendo por la escalera, luego el tango entonado con voz aflautada, y antes de que la mujer irrumpiera en la habitación con una jeringa y un pañal de recambio, grababa lo escrito y leía en voz alta para que la anciana escuchara lo que acababa de dictarle:
Fui al desierto.Tenía debilidad por los cactus y me comí uno. Al hacerlo me pinché la lengua. Allí había tres tipos de cactus: uno era verde, sabroso y amable como la puerta de una casa que se abre y deja entrar el aire fresco y las cortinas juegan con el vapor de la estufa, los techos se elevan para hablar con los árboles y las flores del jardín combinan con los colores de la alfombra. Si tomabas el jugo de ese cactus, te salvaba la vida.
El otro cactus era violeta, un poco amargo, como la puerta de una casa que se queja cuando la golpean, los picaportes hartos de que los manoseen, el piso de que lo pisen, la mesa con los codos calvados, la chimenea echando sus bostezos negros. Si tomabas ese jugo, te morías, los ojos se te daban vuelta y se te cerraba la boca con candado.
Pero el peor de los tres era el rojo. Te pinchabas y escupías sangre. Te morías, pero te ibas al infierno donde el fuego quemaba los talones de los pies que luchaban por salir a revolcarse en el barro mientras el sol patinaba en el atardecer y se hundía en el oeste...
4
Horrible, como la polenta con grumos que le daban en el colegio cuando estaba pupila; así era su sombra, la que se escapaba de ella y se divertía por su cuenta. Con las otras chicas jugaban a pisarlas; a las propias y a las ajenas:
-¡Tomá, tomá...!
Eran pocas las pupilas y todas tenían la mirada evasiva. Por alguna razón, no del todo conocida ni del todo aceptada, habían sido internadas allí y debían vivir alejadas de sus familias. Julia Prat era una de ellas: en el pueblo donde vivían no había escuela secundaria.
La semana pasa rápido, le había dicho su abuela con un tono de tristeza murmurada y lenta; y no agregó nada, no hacía falta. Sus padres la despidieron en la terminal de micros y sólo al alejarse se dio cuenta de que ya no volvería como habitante de ese hogar, sino como visita.
De lunes a viernes dormía con las pupilas y el sábado muy temprano tomaba el ómnibus a su casa que quedaba a tres horas de camino derecho como una línea hecha con regla. El paisaje no la inquietaba en absoluto. Desde pequeña la llanura la había acostumbrado a su presencia alejada y solemne; eran las cosas y la gente quienes le proporcionaban el universo necesario para revestirlo de palabras. Trece años preocupada por retener lo principal: tres caras al borde de una tormenta: su padre, su madre y su abuela. Tres caras propietarias de todo lo cotidiano y natural, y ella resignándose a echar mano de sus recuerdos, obligándose a ser fuerte cuando no quería serlo. Lo importante no era lo que sería después, lo importante era permanecer alejada, abnegada y extrañándolos sin que ellos advirtieran su necesidad de verificar lo indispensable, la bolsa de agua caliente, la yema batida con oporto.
Cada fin de semana, cuando subía al ómnibus, los nervios la crispaban como si fuese a una cita, recorriéndole la espina, embarullándole las vísceras. Esta noche cenaremos juntos y todo seguirá como antes, se repetía, y comenzaba a indignarse de una manera angustiosa, porque no sólo intuía la angustia que en ellos generaba su ausencia, sino su incapacidad de demostrarla.
Sentada en el asiento de cuerina veteada, veía correr la sombra del vehículo intrépida y definida, en contraste con su propia sombra, desdibujada aunque pegajosa, más pegajosa que la resina del pino herido con sus iniciales; pegajosa como las ganas de llegar a su casa para ser algo más que una sombra, para dejar de pisotearla, de castigarla por divertirse siendo libre en la llanura extensa, interminable y plana.
El arribo nunca era fácil. No era fácil inventar comienzos apropiados, frases que los obligaran a permanecer en la sobremesa, abriendo discusiones sobre cosas vagas, instando a que alguno de los tres le pidiese que continuara o se callase.Y llegaba, finalmente llegaba, mirando a todos con su aire de antes. Su madre, su padre, su abuela; Dios sabe cuánto los había extrañado recostada sobre su soledad en el dormitorio del colegio, escuchando las toses, los suspiros ajenos. Ni bien el patio se oscurecía, la celadora cerraba las ventanas y ella pensaba en los tres tomado un té tardío, un té triste, silencioso, convaleciendo de no verla.
Cada vez que llegaba podía percibir la atmósfera variando de intensidad, la forma en que las palabras tanteaban una respuesta, la insistencia de un reclamo, gestos que principiaban dulcemente y terminaban desvaídos, preguntas a la espera de un momento más propicio. Luego se habituó a su lugar de espectadora. A medida que se aproximaba el fin de semana, sentía que una parte de su cuerpo se disponía a escuchar, mientras la otra deseaba que todo se aquietara.
El pasado había empezado a estremecerse, a ocupar menos sitio a medida que nuevos incidentes la instaban a dejar otros de lado. Sólo podía afirmar que los sentía más distantes, aunque más queridos, y apenas se atrevía a contradecirlos en la mesa tendida del domingo.Al tomar el micro de regreso al colegio, se llevaba su silencio, su manera de convivir con lo difícil. Nadie comprendería que los quisiese tanto, que el ansia de parecerse a ellos pudiera coexistir con su alivio al alejarse.
5
Julia Prat retiró la bandeja con la taza de té intacta y apoyó la noteboock en la mesa de luz. Todas las tardes, antes de comenzar, pasaba por la cocina, ponía agua a calentar y mientras hervía, buscaba en Archivo las anotaciones correspondientes, algunas breves, precisas, y muy claras; otras confusas, enredadas, sinuosas, producto de la morfina que a diario le inyectaban a la enferma. Como sea, eran muchas y variadas las cosas que la anciana se empeñaba en narrar.
Preparar el arco, soltar la flecha, calcular dónde pegará...
Con lenta intensidad Mercedes Espinosa llegaba a un tema y se introducía en él como si el resto de su vida dependiera de las palabras que quedaban flotando en la habitación cuando callaba.
Algunas tardes Julia Prat se impacientaba; un cosquilleo le subía por lo brazos y apretaba equivocadamente las letras.
La anciana parecía percibir su inquietud y se aclaraba la garganta:-Anote, querida.
Alguien que está muerta pero desea estar viva rompe su venda, sus brazos se convierten en alas de seda, sus pies, en garras de oro. Decidida a acercarse a un campo de trigo, vuela a robar la llave de su tumba.
Está próxima a morirse, falta poco para que se le pare el corazón pero por ahora palpita lo más bien, hasta que llega la chica mala y le corta el pelo
¿Por qué lo hiciste?, le pregunta, y la chica mala desaparece por la ventana. La sigue: ¿Por qué lo hiciste, por qué lo hiciste? La chica mala se echa a reir: ¡Tu pelo se está quemando en el infierno!, le grita. Entonces ella saca su pistola espumosa y le apunta, pero le pega a la pared, que queda abierta, y atrás de la pared está el gato. Vuelve a apuntar con más cuidado y le pega a la luna llena.
La luna estaba silenciosa, eran las doce de la noche...
Mercedes Espinosa, Mechita para su marido, jamás había tenido secretos para con él. Juan Pérez sabía exactamente lo que le pasaba con sólo mirar sus ojos castaños, cambiantes a oscuros cuando una pena la atormentaba. Tranquila, mujer, le decía el buen hombre que no soportaba la idea de que sufriera por alguna causa.
Mercedes Espinosa quería un bebé, pero no quedaba embarazada.
Mirá lo que traje, anunciaba Juan Pérez, bajaba un cachorro de la camioneta y se lo ponía en la falda: hay que alimentarlo con una mamadera, nació prematuro ¿me ayudás a criarlo? Lo dejaron en la veterinaria y si no lo atendemos...
Ella se sacudía la nube negra que la circundaba y tomaba el cachorro a su cargo. Así salvó varias crías: de perro, de gato, de conejo.Juan Pérez la adoraba desde el día en que la vio en un banco de la plaza. Era verano, hora de la siesta en el pueblo; no había un alma en la calle. Él salía de la veterinaria, aún no había almorzado; iba a subir a la camioneta cuando la descubrió sentada bajo la sombra de los tilos, el pelo sujeto en una trenza, el ceño fruncido, la boca entreabierta, concentrada, con un cuaderno sobre las rodillas, los dedos manchados de tinta; parecía escribir o dibujar algo. No quiso molestarla. Se sentó con el diario en el banco de al lado y desde allí la observó por un rato. Conocía a los Espinosa, sabía quién era; había sido compañero de Enrique, su hermano mayor. A ella no la veía desde que era una chiquilina ¿Cuántos años tendría ahora? Seguro no llegaba a los veinte...
La muchacha levantó la cabeza. Era del más exquisito dibujo. Preciosa, pensó; ya vería la forma de entrar en confianza.Mercedes Espinosa no quería casarse con Juan Pérez, y conste que hablamos de un Juan Pérez real, un Juan Pérez buen mozo, simpático, amable (no un anónimo, un John Smith, un cualquiera)
No quería casarse.
Punto.
Una mujer, para casarse, debe saber cómo matar una gallina, retorcerle el cogote granulado y elástico, procurando tirarle la cabeza hacia atrás con el cuerpo emplumado entre las rodillas; y antes, atraparla, doblarle el pescuezo, apretar hasta ahogarla. Horroroso, horroroso..., la cabeza balanceándose en el borde del mármol, el agua hirviendo en la olla más grande y ese olor nauseabundo a plumas chamuscadas.El muchacho promete, querida, pensalo, le había dicho su madre.
Mercedes tenía dieciocho años; acababan de darle su título de maestra y ella quería seguir estudiando.
Aquí somos muchos, el Viejo está enfermo; vos vivís en las nubes, le dijo Enrique, el mayor de los cuatro.Sí, señor, en las nubes, que todos sabemos son blancas o grises pero también pueden ser rosas, anaranjadas o amarillas. La joven veía figuras cambiantes que el viento arrastraba -unicornios, dragones- y luego escribía historias fantásticas que ella misma ilustraba. Hasta que un día el hermano, la abordó sin más vueltas: no seas boba, a tu edad deberías pensar en hacer otra cosa.
Pero la tristeza no se acepta en las nubes.
Juan Pérez la consoló, leyó sus historias, le dijo que nunca dejara de escribirlas y la chica aceptó. Sería la esposa del médico veterinario pero con una condición: su descendencia llevaría también su apellido.¿Te parece que lloverá mañana?, le preguntó Mercedes Espinosa a Juan Pérez el día de su compromiso y siguió preguntándoselo el resto de los días que pasarían juntos. Porque una cosa son las nubes, y otra distinta las tormentas, los vientos que corren, silban, planean, repercuten en todo el cielo licuando hasta la nube más pequeña, rompiendo los nubarrones sobrecargados por el medio; los vientos que combaten aplastando mientras las nubes se defienden desvaneciéndose. Encontronazos, huídas, choques, figuras deshechas perdidas en la anchura de un cielo sin límites.
Y luego, el agua, la descarga.
Para no ver la lluvia, Mercedes Espinosa permanecía en su habitación con las persianas bajas. Ya nadie le preguntaba la razón por la cual evitaba asomarse. Durante el aguacero ella leía, y mientras leía escuchaba correr el agua por el techo, bajar por las canaletas hasta escurrirse en la tierra húmeda.
© Laura Calvo
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realizada por Alejandro C. Calvo
