SERVIDUMBRE
Tú sabes que me llamo Rita, que tengo dieciséis años y trabajo en casa del médico del pueblo de Casasola de Arion. En realidad soy la criada. La señorita dice que soy una criada atrevida porque más de una vez me sorprendió en el escritorio del señor leyendo alguno de sus libros. Ocurre que aunque fui poco a la escuela aprendí a leer y me muero de ganas por saber lo que hay en esas páginas. Cómo me gustan las láminas con colores, ¡qué bonitas...! En tal caso soy curiosa, pero ¿atrevida?¡no!, yo le respeto mucho al señor, como médico vale, él se encarga de todos los partos y a mí me enternece cada vez que nace un niño. En cambio ella, la señorita, ni un pelo a su madre, la señora era una mujer tan distinguida… pero la señorita es áspera y punzante, está siempre como amargada. Será porque se enteró que su prometido tuvo un hijo con una mujer de otro pueblo y frente a la humillación decidió dejarlo porque de seguro que a ella no la quería. A mí, no me importa, se lo tiene merecido, me mandonea todo el día: “Rita que la vajilla, que la platería, que…”, qué se cree, ¿que soy una esclava? Yo sirvo, sí, pero quiero que se me respete. Pasa que ella estaba acostumbrada a mi tía o mejor dicho a la tara de mi tía que a todo le decía que sí. La pobre era muy dócil, y con ese defecto que tenía en la pierna, le agradecía todos los días que le diera trabajo porque la infeliz mucho no podía hacer, pero bien que la explotaban igual. Cuando ella enfermó yo la reemplacé y allí comenzó la señorita a enseñarme: “ Que esto tienes que fregarlo así, que cuidado con la mantilla, que para guisar primero tienes que untar la sartén con la grasa del chancho”,…que me tiene harta esa mujer, que se pone pesada a veces. Cuando pienso que la paga es, además, una dádiva miserable, me pongo furiosa pero ¿qué puedo hacer? Quedé al cuidado de mi tía desde pequeña. Conocí poco a mi madre. Era una mujer muy dulce que sufrió al irse mi padre al frente. Se quedó sola conmigo y cautiva del niño que llevaba en su vientre. Murió estando preñada; parece que el crío se había adelantado. A él tampoco pudieron salvarlo y en cuanto a mi padre, como en una tríada de ausencias, nunca regresó, dicen que por la guerra. Ah…si el doctor hubiera estado aquí…¡él la hubiera salvado!. Pero él estaba en Toro, una ciudad vecina, y aunque le avisaron no llegó a tiempo. Luego del entierro, alguien le dijo a mi tía que la aguardaban en casa del médico y a partir de ese momento entró a servirles. Ahora, es mi turno, pero a mí no me va a pasar lo que le ocurrió a ella. Duró pocos años la desdichada. Parece que el mal que padecía era grande y su raído cuerpo, debilitado, una tarde no pudo más y la encontraron tirada en el suelo de la sala. Un estruendo de platos rotos anunció su muerte. Cuando la vi, su cara parecía de cera; me impresionaron el color de su piel y los ojos, dos cavidades vacías, que ya no suplicaban. Una tea encendida alumbraba sus despojos y un olor acre invadía el ambiente. Una vez más me sentí como dividida, averiada mi alma, y por un instante creí caer, flotar. Me desmayé y aquí estoy…, en realidad estoy llorando: Ramona, vete. No quiero hablar más de eso, me trae recuerdos de aquellos años en los que sólo la providencia divina me guardaba de la miseria más profunda mientras la guerra rompía los lazos de sangre y las mujeres nos quedábamos en compañía de nuestras propias rías de lágrimas, cavando sepulcros. No quiero hablar más porque se abre mi memoria al abismo de esa década en la que los fui perdiendo a todos. Ojalá hubiera sido red para evitarlo o un ave tardía para volar con ellos quién sabe dónde.
Cecilia López
LA CASA DE PIEDRA VERDE
El sol caía perpendicular sobre mi espalda. El césped, todavía húmedo, compensaba gratamente su calor. Ahora que lo pienso hubiera preferido adormecerme así; buscando inconsciente la mejor posición. Pero el abogado había sido contundente:
-Hoy es jueves 19 de octubre de 1995. Tiene hasta el 23 para dejar la casa, de lo contrario actuaré con toda la fuerza de la ley. Es su decisión.
Lamentablemente el tiempo apremiaba y tenía que encontrar, ese mismo día, algún otro lugar para vivir. Era sábado y las letras del diario bailaban sin sentido ante mi vista. Decidí que había que ponerse en movimiento y estropear el fin de semana. Para colmo la noche anterior me había dejado al amanecer y en pésimo estado. Lo primero era salir del marasmo en que estaba y así lo hice: como pude incorporé mi cuerpo, o lo que de él quedaba y lo dirigí hacia un árbol. Oí que cerca goteaba una canilla y, sin dudar zambullí aquél cuerpo, todavía ajeno, en el charco. Cuando volví al diario, las letras continuaban con su engañosa danza, a excepción de un anuncio que decía:DÑO ALQ ESTUP CASA 2 DORM B/VISTA
S/GAR/DEP. $300 VISITAR 16/18 HS
LA ESFINGE 666- VILLA SIN DESTINOIntenté retener el resto de los avisos sin éxito. Miré el reloj y como quedaba tiempo, me dirigí al lugar. La Villa Sin Destino estaba más o menos cerca. Era un barrio bastante aristocrático en otra época. Ahora varias familias de escasos recursos, aprovechando el abandono de los descendientes de sus propietarios, ocupaban parques, jardines y una que otra casa. Eso a mí no me preocupaba gran cosa: yo había transitado por las ideas socialistas y podía entender sin problemas la temática de la decadencia. Absorto en mis pensamientos y sin haber prestado demasiada atención al camino, noté un cartel medio caído que anunciaba el alquiler. Inmediatamente alcé la mirada seguro de que se trataba de otro lugar. Sin embargo el número en el portón coincidía. Me acerqué a unos chicos que jugaban y les pregunté:
-¿Qué calle es ésta?
-Lefinge- escuché que decía uno con la cara llena de mocos.
-¿La Esfinge?- insistí.
-¿Si, no vio el cartel?
Sin contestarle dí media vuelta y me asomé por entre la enredadera que cubría la reja del gran portón de entrada. Era una casa bastante grande, construida con piedra verde. Tenía un buen jardín, aunque descuidado por años. Rápidamente comprendí que el lugar no era para mí pero la voz de uno de los chicos que me gritó -¡pase don que es barata!- me animó y encaré. Primero intenté llamar con una campana sin badajo que colgaba de una de las columnas del portón, ayudándome con un zapato. Insistí varias veces y esperé mientras volvía a calzarme. Al comprobar que nadie acudía, empujé una de las pesadas hojas y caminé decidido hasta la casa. Golpeé fuerte y la puerta se abrió. Entré, o mejor dicho, salí nuevamente al jardín. Al principio no podía entender lo que pasaba. Hice un rodeo a la casa y extrañamente, cada vez que llegaba a un ángulo, se me aparecía de nuevo el frente con su puerta y sus ventanas. Entonces entraba, o salía, ya no sé. Probé de varias maneras. Entré y volví a entrar (o salir), sin cerrar la puerta. En otro intento, calculando que la casa debía tener cuatro lados o frentes, entré (al jardín, por supuesto) y rodeándola hasta ubicarme en lo que sería la parte posterior, atravesé la puerta que daba nuevamente afuera. Trepé hasta una de las ventanas y tuve que saltar cuatro metros abajo, al jardín. Cada tanto escuchaba unas voces socarronas y carcajadas que venían de la calle. Miré la casa y decidí irme. Caminé hasta el portón y aliviado salí... Ya en el jardín encontré un diario y lo recogí. Me tiré a la sombra de un árbol y no sin esfuerzo pude inmovilizar un grupo de letras que decían la fecha: 19 de octubre de 2005. La casa seguía en alquiler. Era lo único que podía leer. Estaba cansado.Carlos Marenco
TRADUTTORE TRADITTORE
Averiado, luego de incontables copas, entré al bar.
Dije: ¡buenas! y me senté como siempre en un banquito del estaño.
-Fen di liv aus dainen blauen
-Buen día- insistí, fingiendo entender un saludo que no era.
-Hellen, off nen Augen sit- volvió a oírse el gringo con pinta de tano, que tenía al lado.
Lo miré creyendo que estaba hablando con una mujer. Elena, traduje. Se llama como la mía. La mia, ¡bah! la que creía mía.
-Elena, Elena- suspiré.
El gringo me miró extrañado.
¡Hellen, hellen!- repitió ofuscado
-Sí, Elena, te entiendo- le dije.
El alemán sacudió su cabeza como negando, sin emitir sonido. No parecía gringo, para nada: pelo oscuro, ojos pardos, mal afeitado, gesto relajado (por los tragos). Apoyado en el mostrador, como estaba, aparentaba poca altura. Masculló algo así como: id fir Lust hinain zu schauen. Con mi pobre inglés descifré la última palabra ¡schauen!
-Ducha- pensé. Seguro que la encontró en la ducha con otro. Pero el gringo seguía diciendo cosas que ya no podía entender.
-Otro- le dije al barman y señalando al gringo le di a entender el convite.
El barman, que a esta altura entendía mucho menos que yo, vació el resto de ginebra en el vaso del alemán que lo miraba sin verlo y me puso otra caña.
-Klaus está servido- comentó.
-Mäjden, mäjden- siguió el gringo -und ij drike au mainen Busen fest.
Yo ya ni podía pensar en mi Elena. Este gringo había logrado con su discurso mucho más que yo con 24 Hs. de croqueteo. Me quedó flotando la palabra Fest y le pregunté:
-¿Ella se estaba duchando con otro en la fiesta de su cumpleaños? No entendí lo que contestó pero volvió a sacudir su cabeza.
-¡Salut!- brindó con su copa en alto
-¡Salud!- contesté.
-Liebes majden, und ij sliesse zitern dij in mainen arm- siguió contando.
Supuse que decía que la quería mucho y que extrañaba tenerla en sus brazos. Me quedé pensativo un rato. Era lo mismo que me estaba pasando a mí. Extraña coincidencia...
Recordaba el último momento compartido ayer con Elena y sus palabras: “¡No insistas! Creo que fui lo bastante clara como para que me sigas martirizando con recuerdos idealizados. Nunca tuvimos otra cosa más que una buena amistad . Lo hablamos muchas veces. Así que, por favor dejame sola. Tratá de olvidar por un tiempo tus inventos. Quiero seguir sola, justamente, para que no te ilusiones más conmigo. Esto no funciona y además voy a seguir estudiando...” No podía creerlo, después de seis meses me había salido con éso.
El barman debió haber visto algún gesto raro en mi cara porque me preguntó si me sentía bien. A todo esto el alemán, que también me miraba, dejó escapar un par de lágrimas. Las escurrió con la manga del saco y dijo:
-Und ij sitze dan ermátet aver selig neven dir...
-¡No!, ni se le ocurra. No vale la pena- interrumpí -Cómo la va a matar. Por favor, ni lo piense. Ahora vuelvo. Le hice una seña al barman y fui al baño.
Al volver lo vi más desmoronado que antes; tenía los ojos rojos. Estaba llorando.
Me senté y le conté toda mi historia con Elena: cómo la había conocido, el viaje que habíamos hecho y el desenlace de anoche. También le mostré la foto con ella en Córdoba. Por supuesto que el gringo no entendió nada. Pero además me miró sorprendido. Me dijo:
-¡Ofidersen, tankeshen! -Se paró y salio caminando en zig-zag.
-¡Chau!- alcancé a decirle -¡suerte! Con el barman cruzamos una mirada cómplice.
-Son raros estos gringos- dijo.
Casi inmediatamente apareció Ortiz, el conserje del hotel de enfrente.
-¿Qué dice la barra? -preguntó.
Le conté lo del alemán y estalló en carcajadas.
-¿Al gringo? Ja, ja, ja. A ése le afanaron el auto esta mañana, ¡un Mazda! ja, ja, ja...
Carlos Marenco
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realizada por Alejandro C. Calvo
