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Las temperaturas de los últimos días nos han hecho reconciliar con el clima estival de Bariloche. Un sol radiante y fuerte intimaba a salir a orillas de lagos, arroyos, ríos o algún espejo de agua. Cercano o lejano, a gusto y ganas de cada uno.
Con un grupo de amigos decidimos combinar costa con trekking, y para ello Playa Muñoz resultó el lugar elegido. Sábado a primera hora de la mañana. Partimos desde casa, en el centro de la ciudad. Un Renault 12 azul modelo 80, impecable y amado, nos llevó primero hasta el Club Andino Bariloche, lugar donde realizamos el Registro de Trekking, gratuito y obligatorio. Completamos la planilla con los datos de los cuatro, informamos del destino elegido, y seguimos camino. Tomamos la Avenida de los Pioneros, y a la altura del kilómetro 9 nos desviamos hacia la izquierda, unos kilómetros más y llegamos al desvío que lleva al Catedral, justo a puertas de Virgen de las Nieves. Continuamos por la ruta en sentido recto, pasamos la Gruta de la Virgen rumbo a Villa Los Coihues, y a unos 4 kilómetros, a la entrada de Hostería “El Retorno” doblamos a la derecha por camino de tierra, cruzamos un puente, bordeamos el lago y en 2 kilómetros encontramos la seccional del guardaparque (última oportunidad para hacer el Registro de Trekking). Seguimos unos metros y a puertas del camping Lago Gutiérrez, mirando hacia la derecha, hay un cartel que indica el comienzo del sendero que lleva a Playa Muñoz. Son 13 kilómetros por ruta asfaltada desde Bariloche y luego dos kilómetros de camino de ripio, en buen estado. (Ruta. Otra forma de llegar a esta playa es iniciando el recorrido desde la base del Cerro Catedral. Se asciende por la picada al Refugio Frey, y en un momento de la caminata, hay un cartel que indica la picada a la Playa Muñoz, tomando el camino por mano izquierda. Movilidad. También se puede llegar en la línea 50 del microómnibus de la Empresa 3 de Mayo, con frecuencia cada 30 minutos. Se camina hasta el camping, que sólo está a 5 kilómetros del centro invernal del Cerro Catedral. Y en cuanto al acceso a Playa Muñoz, desde el Lago Gutiérrez se puede llegar en todo tipo de embarcación. El paseo es excepcional. Yo lo he hecho en kayak hace un tiempo). Tan cercana a la ciudad y tan inalterable su belleza natural, parece un paraíso posible, organizado en pequeños arroyos, picadas por la montaña, bosque nativo y paisajes majestuosos. El sendero nos regala bosques de coihues, lupinos, amancay y otras bellezas. Pasamos un arroyo e ingresamos a una zona de vegetación incendiada, producto lamentable de sequías estivales anteriores, luego nos encontramos con la bifurcación que obliga a optar por encarar el Refugio Frey o dirigirse a Playa Muñoz. En 30 minutos de descenso se llega a la playa, ubicada junto a la desembocadura del arroyo Van Titter. Luego de casi dos horas de caminata, estábamos a los pies de una playa enorme y soleada, escoltada por un bosque, asilo de carpas y gentes que decidieron transcurrir un día inolvidable de verano allí. Como súbito despojo de ataduras, nos sacamos las mochilas; sándwiches y más agua y a disponernos a pasar el día en sus aguas y su costa. El sol protagonizaba con voracidad la jornada, y el frío del agua amenizaba la disputa corporal. Un chapuzón y a tirarse al sol cual lagarto en vacaciones. En tanto, otros visitantes desperdigaban el aroma a un asado prometedor, envidia de cualquiera que no participara en él. Botes, canoas y kayaks se avistaban a mansalva, desembarcando en la playa, también para envidia de los que sólo nos atrevíamos a nadar por la costa.
La tarde dio paso a un atardecer más fachendoso por los mates con galletitas en sociedad, por la escoba de 15 y por las charlas recurrentes al estilo “qué lindo día” y esas cosas. Los pescadores ya se preparaban al fracaso, pero gozosos de internarse en la costa a meditar el lago. A acampar. Armar la carpa. Un medallón de oro nocturno despegó de las montañas hacia el cielo. Es-pec-ta-cu-lar. Tomamos las fotos necesarias que permitieron registrar lo acontecido, suficientes como para apreciar con el don visual intransferible el suceso inexplicable que regala la naturaleza ciertos días. El menú fue capelletis con salsa roja, cocinados en calentador precario. Improvisados y en acto de plagiar a los insultantes asadores, se nos ocurrió hacer un fogón, aunque más no sea para saborear el calor del fuego en tan tremenda noche. La cena más rica que en casa, con olla y tapa como platos, tenedores curtidos y tapas de termo de vaso. Ropas ahumadas, turrón resabio de las fiestas aún no vencido como postre, y a contemplar la luna más grande que vi en el verano. Precavidos como siempre ante los súbitos cambios de viento y temperatura que ocurren en la zona, aún durante el verano, llevamos rompevientos, un abrigo intermedio, pantalones largos y medias de repuesto. Pero la noche se dejó catar ligeros de ropa. Los últimos bostezos del fuego hicieron prolongar el sueño, encantador y versátil. El sol en nuestras carpas precipitó el inicio del día. A lavarse los dientes y a desayunar con mates y pan dulce (última oportunidad de ser comidos). Protector solar, anteojos, gorra y otros recaudos para no sufrir las consecuencias de un astro rabioso. Una caminata hasta la desembocadura del arroyo, manzanas de colación, chapuzones de consuelo, fotos de días felices y a emprender el regreso. Sí, había que volver. Hidratación suficiente, mix de cereales salados para engañar el estómago y a regresar. La partida demoró lo que indicaba el comienzo del partido de Cruz del Sur de Bariloche con Independiente de Neuquén. Facturas y radio por el camino. Mates en casa y una victoria.
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