Programa de Filosofía

Fundación Bariloche

La racionalidad: su poder y sus límites

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ÍNDICE

Introducción 

 

I. La razón y sus falencias

            Las dimensiones de la racionalidad, Fernando Broncano 

            Evolución y racionalidad limitada, Antoni Gomila Benejam  

            Las explicaciones homunculares de la irracionalidad, Alicia E. Gianella 

 

II. El desafío escéptico

Verdad, realismo y racionalidad escéptica, Oswaldo Porchat Pereira 

Racionalidad y escepticismo, Ezequiel de Olaso

Terapia y vida común, Plinio Junqueira Smith

Las variedades del escepticismo, Manuel Liz

 

III. Racionalidad, objetividad, conocimiento

Objetividad normativa, Ernesto Sosa

La racionalidad y las tres fuerzas del universo epistémico,  Oscar Nudler  

Autoconocimiento, racionalidad y contenido mental, Marcelo Sabatés  

Irracionalidad en el externalismo, David Sosa

 

IV. Racionalidad, acción, decisión

            ¿Puede haber una ciencia de la racionalidad?, Donald Davidson 

Racionalidad y teoría de la acción: ¿es la teoría evidencial de la de­cisión una teoría de la racionalidad mínima?, Horacio Arló Costa

El lugar de la decisión en la acción racional: de la decisión como deseo, cálculo y acto, Francisco Naishtat

Cinco tesis sobre la racionalidad de la acción, Ricardo Maliandi

 

V. La racionalidad en el pensamiento clásico

            La balanza de la razón, Marcelo Dascal

Recta ratio y arbitrariedad en la filosofía política de Hobbes, Leiser Madanes

 

 VI. Racionalidad en la ciencia: propuestas y críticas

Sobre la supuesta racionalidad de las reglas heurísticas, Víctor Rodríguez

Racionalidad práctica e inducción: la propuesta neopopperiana de John Watkins, Manuel Comesaña

Límites y desventuras de la racionalidad crítica neoliberal, Ricardo Gómez

Prigogine y Kuhn, dos personajes en la historia externa de la ciencia y la epistemología contemporáneas, Eduardo Flichman

 

VII. Racionalidad y argumentación metaética

Racionalidad dialógica. Falacias y retórica filosófica. El caso de la llamada 'falacia naturalista', Eduardo Rabossi

La universalizabilidad monológica: R. M. Hare, Osvaldo Guariglia

 

VIII. Racionalidad e historia de las ideas

Racionalidad de las teorías políticas, Ambrosio Velasco Gómez 

Racionalidad y poiesis: los límites de la praxis histórica, María Inés Mudrovcic

 

 

INTRODUCCIÓN

 I. Racionalidad: tema y trasfondo de un debate

El foco de esta obra se sitúa en torno de un tema filosófico clave ‑el de la racionalidad de las creencias y acciones‑ cuyas implicaciones alcanzan los más diversos ámbitos de reflexión y acción, desde las ciencias hasta la política, la economía, la vida cotidiana. Los ensayos que integran este libro basados en ponencias presentadas al Segundo Coloquio Bariloche de Filosofía dedicado al tema[1], abordan diversos aspectos de esta problemática.

¿Qué es lo que vuelve racional una cierta creencia o conjunto de creencias?, y ¿cuándo un acto o un curso de acción puede calificarse de racional? son preguntas que los filósofos ‑y no sólo los filósofos‑ se han planteado y otra vez desde que los griegos postularon a la razón, el logos, como la facultad distintivamente humana. Tal exaltación del ejercicio de la razón ‑la racionalidad‑ por encima de otras facultades o aptitudes culmina como es sabido, en la modernidad. Así, para Kant, un ser humano es de respeto porque es un agente racional, capaz de guiar sus acciones por principios racionales.

Sin embargo, cuando se revisan las respuestas a las preguntas sobre la naturaleza de la racionalidad dadas en la literatura contemporánea, resalta de inmediato que el único acuerdo general que parece existir es sobre la falta de acuerdo. Hay así posiciones que enfatizan polos opuestos: racionalidad formal versus racionalidad sustantiva, racionalidad descriptiva versus racionalidad normativa, racionalidad transcultural versus racionalidad culturalmente dependiente o “situada”, racionalidad austera versus racionalidad enfática, etc. Toda esta proliferación de calificativos, más allá de los argumentos que suelen ofrecerse a favor o en contra de la pertinencia de cada uno, es seguramente un indicador de que estamos frente a una noción que se halla, por decirlo así, “activa”, que es capaz de atraer sobre sí una preocupada y persistente atención.

Algunos van más allá de esta obvia constatación y creen ver en las diferencias de enfoque un síntoma claro de que la racionalidad se encuentra en nuestro tiempo en una seria crisis. Otros replican que lo que se halla en crisis no es la racionalidad como tal sino una cierta concepción de ella, la llamada “concepción clásica” de la racionalidad, elaborada especialmente por el racionalismo moderno, a la que califican como estrecha, rígida o insuficiente y que, según ellos, debería, dependiendo de cada crítico, complementarse, sustituirse, desconstruirse o, más sencillamente, dejarse de lado. Hay aun quienes, como Rorty[2]  sostienen que el término “racional” no tiene contenido descriptivo alguno sino que sólo expresa aprobación. Es este proceso de puesta en cuestión de la racionalidad clásica lo que constituye a nuestro juicio el trasfondo, explícito o implícito, de debates como el que aquí se ofrece.

¿En qué consiste, pues, tal concepción clásica de la racionalidad? Podríamos decir, a modo de breve caracterización, que de acuerdo con ella la racionalidad es una capacidad de la mente humana que posee, entre otros, dos atributos básicos: es, en primer lugar, única, o sea que no puede haber una pluralidad de racionalidades, y, en segundo lugar, el lazo que establece entre sus datos de partida y sus conclusiones es un lazo necesario. Por lo tanto, dos individuos cualesquiera que tengan la misma información sobre un problema dado deberían llegar, si siguen un procedimiento cabalmente racional, a la misma solución. Ello es así porque la racionalidad opera de acuerdo con ciertas reglas universales, en particular las reglas de la lógica.

Este operar según reglas lógicas de validez universal es sin duda el elemento central de la concepción clásica de la racionalidad. H. Brown ha formulado este punto con claridad: 

Las reglas son el corazón de la concepción clásica de la racionalidad: si tenemos reglas que son aplicables universalmente, entonces todos los que comiencen con la misma información deben en efecto llegar a la misma conclusión.[3]

Sabemos, sin embargo, que distintos individuos frecuentemente difieren en las conclusiones que derivan de los mismos datos. También sabemos como se conoce desde la antigüedad y lo han mostrado en los últimos años diversos experimentos psicológicos,[4] que los sujetos cometen errores lógicos sistemáticos de razonamiento en la resolución de ciertos problemas. Todo esto, según un defensor de la concepción clásica, no indica necesariamente la existencia de fallas en la racionalidad misma sino sólo la influencia de un contexto ambiguo o la interferencia de influencias externas distorsionantes tales como las emociones, las pasiones, las ideologías, etcétera. Si se eliminara la ambigüedad y se pudieran remover tales distorsiones, también desaparecerían, nos dice el aludido defensor, los errores en el ejercicio de la racionalidad ocasionados por ellas. Si bien los psicólogos no suelen quedar muy convencidos por tal defensa del racionalismo, muchos filósofos parecen dispuestos a concederle al menos el beneficio de la duda. Los dos primeros trabajos incluidos en este libro discuten en detalle este problema.

Podría ponerse en duda que esta descripción de la concepción clásica refleje fielmente el pensamiento sobre la cuestión de los filósofos a quienes suele atribuírsela, tales como Descartes o Leibniz. Podría argüirse que es sólo una caricatura que pasa por alto la complejidad o variedad de ese pensamiento (véase por ejemplo al respecto el estudio de Dascal sobre la racionalidad en Leibniz incluido en este libro). Pero aun si esta crítica fuera plausible, y creemos que en cierta forma lo es, no hay duda de que la construcción llamada “concepción clásica” juega un papel importante en el pensamiento actual sobre la racionalidad, especialmente en el caso de sus críticos.

Las críticas a la concepción clásica son en algunos casos también “clásicas”, como lo ejemplifica la crítica escéptica. De acuerdo con la concepción clásica, una ventaja mayor de operar racionalmente es la posibilidad de alcanzar un conocimiento objetivo de la realidad. El supuesto es que mediante un ejercicio correcto de la razón es posible suministrar buenas razones o fundamentos para afirmar confiadamente que poseemos un conocimiento objetivo y no simplemente una creencia u opinión subjetiva. De este modo, racionalidad, objetividad y verdad aparecen en la concepción clásica como términos íntimamente ligados. Como es sabido, el escepticismo cuestiona, y lo ha hecho así desde la antigüedad, este lazo entre racionalidad, objetividad y verdad (en el sentido de correspondencia con la realidad) que es esencial para la concepción clásica. Este cuestionamiento se basa, en los filósofos escépticos, en un uso riguroso de la argumentación racional; es decir, el escéptico no renuncia a la razón sino que pretende mostrar que la razón desemboca, no cuando es mal utilizada sino, por el contrario, cuando es correctamente aplicada, en la conclusión de la imposibilidad de conceder el estatuto de “objetivamente verdadera”, con toda la carga metafísica que el calificativo conlleva para los filósofos objetivistas, a una creencia sobre el mundo en lugar de otra alternativa. Una sección de esta obra ‑El desafío escéptico‑ contiene una serie de trabajos que analizan diversos aspectos del tema.

Existen, sin embargo, otras críticas a la concepción clásica de la racionalidad que atacan no ya la asociación de dicho concepto con otros sino su caracterización a partir de atributos como los mencionados arriba, es decir su unicidad y necesidad. Veamos brevemente en qué consisten.

Las críticas a la doctrina de la unicidad de la razón se han alimentado abundantemente de diversas fuentes, tanto filosóficas como no filosóficas. Entre estas últimas puede mencionarse un amplio espectro que va desde la antropología cultural ‑con su descubrimiento de comunidades aparentemente seguidoras de “lógicas” diferentes de la occidental o la llamada historia de las “mentalidades” ­hasta el desarrollo de una pluralidad de lógicas, en este caso en un sentido técnico del término “lógica”. Entre las fuentes filosóficas, cabe mencionar la doctrina wittgensteiniana de los juegos de lenguaje ‑especialmente a través del lente de interpretaciones como las de Winch[5] o Lyotard[6], la doctrina neopragmatista de la “fragmentación de la razón” de Stich[7] o los “estilos de razonamiento” de Hacking[8] y antes que él ­Fleck,[9] los desarrollos en filosofía de la ciencia de los sesenta al modo de Kuhn y Feyerabend ‑con su énfasis en la inconmensurabilidad entre paradigmas científicos‑, el llamado “programa fuerte” de Barnes y Bloor, etcétera.

Por otra parte, las críticas a la creencia en el carácter necesario, algorítmico, de los procedimientos racionales también reconocen diversos orígenes. En la misma ciencia ‑el ámbito racional por excelencia de la concepción clásica‑ es claro ya desde la época moderna que formas de razonamiento alejadas del ideal deductivo tales como la inducción o el razonamiento por analogía deben admitirse como parte indispensable de la construcción del conocimiento científico. Pero es en el ámbito de la teoría de la decisión donde el ideal clásico tal como es descrito arriba parece mostrar más claramente su carácter inadecuado y aun paradójico. En efecto, si la decisión estuviera determinada a partir de los datos no habría espacio alguno para un proceso de toma de decisión. Puede argumentarse, sin embargo, en defensa de la concepción clásica, que en el supuesto de que el mundo no es determinista, lo racional es precisamente tomar en cuenta en nuestras decisiones tal indeterminación. Pero entonces el problema es dónde y cómo trazar el límite entre decisiones, racionales e irracionales. Remitimos al lector a la sección Racionalidad, acción, decisión, donde varios trabajos se consagran a este y otros problemas de la racionalidad en el ámbito de la elección entre cursos alternativos de acción.

Algunas de las posiciones sustentadas por críticos de la concepción clásica de la racionalidad, en particular la sustitución de una racionalidad unida y universal por una pluralidad de “racionalidades” inconmensura­bles, sensibles al contexto cultural, la época, la naturaleza del tema, la situación, los intereses y propósitos en juego, etcétera, han sido a su vez vigorosamente objetadas por los críticos de dichos críticos. Davidson, Dennett y otros han desarrollado una línea de argumentación importante en contra de la postulación de tal proliferación de racionalidades al destacar el vínculo primario entre racionalidad e intencionalidad. Así, por ejemplo, dice Davidson:

Si vamos a atribuir inteligiblemente creencias y actitudes, o describir de manera útil nociones conductuales, debemos comprometemos a hallar en la pauta de conducta, creencia y deseo un alto grado de racionalidad…[10]

Según esta línea de pensamiento, sería inconcebible que pudiéramos traducir otros lenguajes al nuestro o interpretar acciones efectuadas por individuos pertenecientes a otras culturas como acciones y no como meros movimientos sin una base común de acuerdo, base constituida precisamente por la racionalidad.

Sin embargo, si concedemos esto, la pregunta que surge es en qué consistiría esa racionalidad asociada con la intencionalidad. Una respuesta es que se trata de una racionalidad mínima cuyo núcleo es el respeto de la consistencia o coherencia lógica. Este núcleo mínimo aparece claramente cuando imputamos irracionalidad. Así, como señala Taylor,

llamamos irracional a quien afirma p y no p. Por extensión, quien actúa flagrantemente en violación de sus propios  intereses, o de sus propios objetivos admitidos como tales, puede considerarse irracional.[11]

¿Pero es tal respeto por la coherencia condición suficiente de racionalidad? No parece serlo de acuerdo con el uso corriente de los términos. Así, un discurso puede calificarse a la vez como coherente e irracional, puede poseer la coherencia interna que puede haber en la locura. La imputación de racionalidad parece requerir, pues, la presencia de atributos sustantivos, relativos al contenido de las creencias y acciones. Es decir, la racionalidad tendría dos caras, una formal y otra sustantiva. Esta última sería, como señala Taylor más “rica” que la noción puramente formal.[12]  ¿En qué consiste exactamente esa mayor riqueza? Según Elster, “las creencias sus­tantivamente racionales son aquellas que están fundadas en la evidencia disponible: están estrechamente ligadas con la noción de juicio”.[13] Pero una respuesta de este tipo puede retrotraemos al lazo entre racionalidad y fundamentación objetiva de nuestras creencias que los críticos radicales de la concepción clásica quisieran cortar. Con todo, algunos creen posible mantener este lazo sin caer en la sacralización de la razón implícita en la concepción clásica. Por ejemplo, quienes abogan por una naturalización de la razón.

Concluiremos aquí estas rápidas alusiones al trasfondo del debate contemporáneo sobre la racionalidad. En los ensayos que siguen el lector podrá encontrar  estudios detallados de algunos aspectos centrales de esta problemática.

 

2. Sobre los trabajos que integran esta obra

         A continuación se ofrece una idea, apenas preliminar, de cada uno de  los trabajos que siguen.

La primera sección ‑La racionalidad y sus falencias‑ se inicia con un trabajo de Fernando Broncano en que se hace un recorrido por la problemática de la racionalidad, lo cual lo convierte en una buena introducción al tema. Su objetivo más específico es hacer compatible el modelo de racionalidad de la teoría de la decisión con una descripción empírica de cómo de hecho razonan los seres humanos que incluye los errores sistemáticos que se suelen cometer. Propone una interpretación fiabilista que considera a la racionalidad como un sistema de control de la información desarrollado a través del proceso de evolución. Este concepto permitiría explicar los sesgos de la racionalidad y el impacto del sistema emotivo al considerar las reglas como el resultado de procedimientos eficientes de control. Las respuestas consideradas son, por un lado, las condiciones evolutivas en que se seleccionaron los mecanismos de control racional y, por otro, las computacionales.

En el trabajo siguiente, Antoni Gomila Benejam también busca una explicación de los límites o sesgos en la capacidad de razonar desde un enfoque experimental y evolutivo. Objeta que los resultados de experimentos acerca de la capacidad humana de razonar sean muestra de un funcionamiento deficiente de nuestras capacidades y propone interpretarlos, en cambio, como evidencia de una capacidad inferencial sensible al contexto. Por último extrae de allí algunas consecuencias de carácter normativo.

Finalizando esta sección, Alicia Gianella se dedica a un tipo particular de explicaciones de la irracionalidad de conductas, tanto individuales como sociales, que incluyen la postulación de agentes homunculares. Las teorías homunculares han sido objeto, según la autora, de tres críticas: se les ha criticado su índole antropomórfica, su carácter circular y el incurrir en la llamada “Falacia homuncular”. Sin embargo, han sido también defendidas por autores como Dennett, Glymour y Davidson. Gianella evalúa los argumentos esgrimidos por los participantes en este debate.

La segunda sección, titulada El desafío escéptico, se inicia con un estudio de Oswaldo Porchat Pereira. El autor comienza refiriéndose al problema que las exigencias de la racionalidad plantean al realismo metafísico y a la noción de verdad como correspondencia. Si hemos de ser suficientemente críticos, nos dice, ambas nociones ‑y con ellas nuestras intuiciones y creencias cotidianas‑ deberían ser sacrificadas. O, de lo contrario, hemos de priorizar la vida por sobre la razón. Sin embargo, Porchat Pereira procura mostrar que éste es un falso dilema: un escéptico (neo)pirrónico, aun cuando critique el realismo metafísico y la noción dogmática de verdad de la filosofía tradicional, puede preservar la noción de verdad como correspondencia y la perspectiva realista del sentido común en la esfera fenoménica.

En el trabajo que sigue, Ezequiel de Olaso examina ciertas acusaciones que a menudo se levantan contra el escepticismo, basadas en la tesis de que el escéptico, al efectuar sus críticas, acepta el mismo canon de conocimiento que critica, de modo que en definitiva se autorrefuta. Frente a críticas de este tipo, Olaso muestra cómo el escéptico puede ensayar una eficaz línea de defensa: aunque suponga para los fines de la argumentación dicho canon de conocimiento, no por ello se compromete con él. Sólo argumenta ad hóminem y, por lo tanto, no incurre en autorrefutación.

Por su parte, Plinio Junqueira Smith procura en su trabajo defender al escepticismo de otra acusación de autorrefutación, a saber, la que lo acusa de llevar implícita la misma concepción de la filosofía como terapia que le critica a la razón dogmática. La terapia reproduciría el carácter excluyente, necesario y universal que todo discurso dogmático tiene. Junqueira considera la objeción y se inclina por una concepción más limitada de terapia en que se abandona toda pretensión de hacer que el otro niegue sus creencias y se limita la cura del dogmatismo a uno mismo, proponiendo así una racionalidad enteramente particular.

En el trabajo final de esta sección, Manuel Liz analiza diversos tipos de escepticismo y se manifiesta a favor de aquellas variedades de éste que, en lugar de negar el conocimiento en general, sólo niegan la posibilidad o la existencia de conocimientos sobre determinados campos particulares. Esas formas de escepticismo promueven, según el autor, el cambio y la revisión de nuestras creencias, y permiten defender la racionalidad del conocimiento y la concepción tradicional de la objetividad.

La tercera sección, bajo el título de Racionalidad, objetividad, conocimiento, se inicia con un trabajo de Ernesto Sosa en el que se examina la oposición entre objetivismo y relativismo. Tomando partido a favor del primero. Sosa desarrolla un argumento original en contra del relativismo, tanto el relativismo epistemológico como el moral.

En el trabajo siguiente, quien esto escribe examina tres posturas clásicas frente al problema de la racionalidad de creencias ‑el fundamentismo, el coherentismo y el pragmatismo‑ y analiza las formas típicas de discurso asociadas con cada una de ellas. A pesar de su aparente exclusión mutua, la propuesta que se plantea es considerar a las tres posturas como estrategias epistémicas complementarias.

Marcelo Sabatés, por su parte, analiza la capacidad humana de autoconocimiento como requisito para la racionalidad. Contra una serie de argumentos externalistas y relacionistas, propone una noción de autoconocimiento que  se basa en una determinada manera de entender el acceso privilegiado a nuestros propios contenidos mentales, y que es compatible con los requerimientos de la racionalidad.

Esta sección se cierra con un trabajo de David Sosa en que se critica al externalismo, argumentando que es incapaz de sostener una postura natural y atractiva acerca de la racionalidad que cumpla con una condición mínima de la racionalidad, a saber, la coherencia entre nuestras creencias.

La sección cuarta, que lleva el título de Racionalidad, acción, decisión, comienza con una contribución de Donald Davidson. El trabajo se inicia con una pregunta sobre la posibilidad de una ciencia del comportamiento racional. El autor argumenta que ésta es posible, si bien no a la manera de la física, y defiende particularmente la cientificidad de la Teoría Unificada del Lenguaje y la Acción, sobre todo en contra de las críticas realizadas por Fodor y Chomsky. Finalmente, examina los alcances y las limitaciones de dicha teoría.

A continuación, Horacio Arló Costa desarrolla una argumentación tendiente a rebatir la pretendida minimalidad y neutralidad psicológica de la teoría de la decisión racional debida a Ramsey y desarrollada por Savage. El autor examina en relación con ello la tesis de la correlación entre deseos y creencias en dos de sus variantes, la de Lewis y la de Price, y concluye que son incompatibles con la mencionada teoría de la decisión.

En el capítulo siguiente, Francisco Naishtat reflexiona sobre las nociones de decisión, racionalidad y determinismo desde un enfoque que es previo al enfoque formal de las teorías matemáticas de la decisión: la elección de los fines como un asunto de decisión para un agente. En este terreno, la racionalidad no puede, según Naishtat, operar con la forma del cálculo; la reflexión y la deliberación no están exentas de indeterminación, y las decisiones no son resultados de operaciones exclusivamente deductivas. Se despierta entonces la duda acerca de si la racionalidad interviene de alguna manera en el logro de las decisiones. El autor analiza diversos intentos de respuesta a esta cuestión, provenientes de la fenomenología de la subjetividad práctica (Paul Ricoeur), de la ética y de la filosofía de la acción.

Por último, finalizando esta sección, Ricardo Maliandi discute algunos problemas concernientes a la racionalidad de la acción. En particular, el autor se detiene en el papel que desempeña el conflicto tanto en relación con la racionalidad teórica como con la práctica y se extiende sobre la relación entre esta última y la racionalidad instrumental.

La quinta sección, La racionalidad en el pensamiento clásico, está integrada por dos trabajos. En el primero de ellos Marcelo Dascal explora la imagen de la razón como balanza, sobre todo en Leibniz. El autor muestra cómo sobre la base de ciertas obras del corpus leibniziano puede delinearse, junto al modelo algorítmico de la razón como cálculo, una concepción paralela (más “blanda”) de razón como balanza que “inclina sin necesitar”, y que es aplicable a los asuntos contingentes.

Leiser Madanes examina, en el estudio siguiente, la noción de racionalidad en la filosofía política moderna, en especial cómo debe interpretarse el concepto clásico de recta ratio en Hobbes a partir de los conceptos de árbitro y arbitraje. Según esta interpretación, Hobbes mostraría -paradójicamente- la racionalidad que implica la toma de decisiones arbitrarias por parte de un poder soberano. La misma concepción podría encontrarse en Locke.

La sexta sección, bajo el título de Racionalidad en la ciencia: propuestas y críticas, se inicia con un trabajo de Víctor Rodríguez que toma como foco el uso de reglas heurísticas, reglas que impregnan el ámbito de las acciones usualmente calificadas como racionales. Su trabajo analiza, particularmente en el dominio de la ciencia, diversos intentos por proporcionar una caracterización general del concepto de heurística. El autor propone una estrategia para organizar una trama de nociones estrechamente relacio­nadas que permitan alcanzar una caracterización satisfactoria. A partir de esta estrategia procura evaluar los límites contextuales de ciertas aplicacio­nes y modos de justificación asociados.

En el trabajo siguiente Manuel Comesaña analiza la propuesta neopopperiana de John Watkins para enfrentar el llamado “problema pragmático de la inducción”. Watkins, en diversos trabajos, ha procurado justificar el empleo de algunas estrategias inductivas en el ámbito de la racionalidad práctica que no impliquen la aceptación de ningún principio inductivo. El autor evalúa críticamente la propuesta de Watkins e intenta demostrar que no ha tenido éxito en lograr su objetivo.

Ricardo Gómez, por su parte, analiza en su contribución la concepción de la racionalidad científica que denomina de Popper‑Hayek. Dicha concepción es caracterizada por el autor como instrumental y ahistórica y conduce, según él, a resultados especialmente desventajosos en el caso de las ciencias sociales. En respaldo de esta afirmación, Gómez enumera las consecuencias negativas de aplicar el llamado “método crítico”, especificado a través de la trilogía formada por la lógica situacional, la tecnología social fragmentaria y la ingeniería social. Finalmente, el autor critica el hecho de que Popper haya tomado a la economía marginalista como modelo de método para las ciencias sociales.

El trabajo de Eduardo Flichman que cierra esta sección analiza dos posturas en el tema de la racionalidad científica ‑las de Prigogine y Kulin‑ y se pregunta hasta qué punto esas dos posturas defienden, tal como muchas veces se supone, concepciones opuestas. Flichman sostiene que son elementos externos ‑el lenguaje, el tono retórico, incluso la autopromoción y no el contenido mismo de su pensamiento, los que han favorecido la opinión de que dichos autores sustentan concepciones enfrentadas. Por el contrario, una lectura cuidadosa de los textos permite concluir que ambos defienden una concepción similar, bastante clásica, de la racionalidad.

La sección séptima, bajo el título de Racionalidad y argumentación metaética, se inicia con un trabajo de Eduardo Rabossi que evalúa una técnica de argumentación filosófica muy difundida, consistente en considerar ciertos argumentos como falacias y por lo tanto desacreditarlos. Centrándose especialmente en la llamada “Falacia naturalista”, Rabossi examina los mecanismos que ‑se alega‑ subyacen a ella, y muestra que no se trata de una verdadera falacia, sino que su invocación es más bien un mero recurso retórico. Finalmente, analiza algunos ejemplos de utilización de tal argumento.

Esta sección se completa con un trabajo de Osvaldo Guariglia en que estudia algunas propiedades formales y lógicas de los juicios morales. Según Hare, los términos del lenguaje moral tienen un significado prescriptivo y universalizable. La proposición prescriptiva universal implica lógicamente imperativos singulares dirigidos al mismo hablante. De ello se siguen dos tesis, que el autor examina críticamente, a saber: el requerimiento de transferencias interpersonales para la universalizabilidad y el criterio utilitarista para balancear los intereses y las preferencias en conflicto de los involucrados.

La sección octava y última, Racionalidad e historia de las ideas, se inicia con un trabajo de Ambrosio Velasco Gómez en el que analiza diversas posturas respecto de la naturaleza de las teorías políticas y la racionalidad de su desarrollo histórico. La primera, de Leo Strauss, propone evaluarlas con criterios gnoseológicos y morales universales; la segunda, correspondiente especialmente a Quentin Skinner, propone hacerlo con criterios relativos a su eficacia ideológica dentro de su contexto histórico, y una tercera, de MacIntyre, intenta integrar ambos criterios desde un marco de “tradiciones de investigación racional”. Finalmente, Velasco Gómez argumenta a favor de la propuesta de MacIntyre, aunque le efectúa algunas críticas desde un enfoque hermenéutico.

El trabajo que cierra el volumen es una contribución de María Inés Mudrovcic, quien se dedica al debate acerca de la racionalidad y sus límites en el ámbito de la historia. La aproximación reciente del texto histórico al texto literario ha sido vista como una amenaza para la ciencia histórica, concebida en el pensamiento moderno como una investigación racional de hechos. La práctica histórica es, desde esta perspectiva, considerada racional en la medida en que traza un límite neto entre hecho y ficción, entre razón e imaginación. La autora critica esta concepción, argumentando que la racionalidad metodológica no obliga a suponer una racionalidad ontológica y que la coherencia del discurso histórico, en tanto es un constructo, es producto de la imaginación. Esto la conduce a caracterizar a la historia una actividad “poiética”.

Sólo me resta, por último, dejar al lector en compañía de los autores, no sin antes agradecer profundamente al Comité Académico del Segundo Coloquio Bariloche de Filosofía, presidido por el profesor Gregorio Klimovsky, e integrado por los profesores Carlos Alchourrón, Leiser Madanes, Víctor Rodríguez y Félix Schuster, y a todos los que han contribuido con sus ponencias y su activa participación en los debates, por haber posibilitado y enriquecido con su generoso aporte esta obra.